Cultura

Carlos Alonso, un pintor contra el olvido

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“La ilusión es que el arte enriquezca la vida de la gente”, dijo en una entrevista Humberto Carlos Alonso. Su expresión era, al mismo tiempo, un deseo y una declaración de principios. Cierto es que la nutrida obra del artista mendocino trascendió vidas particulares en las que dejó huella y marcó el arte de todo un país. 

Este lunes se conoció la triste noticia de su fallecimiento, a los 97 años de edad, en su casa de Unquillo. Allí había instalado su taller tras regresar del exilio hace 44 años. Las sierras cordobesas fueron para el pintor, dibujante, ilustrador y grabador un refugio desde el cual siguió pintando con gran lucidez la realidad argentina.

Nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, dio sus primeros trazos a temprana edad. Para él, su vocación era innata: “Según mi madre, y su memoria, ya dibujaba antes de aprender a leer y a escribir. Evidentemente lo traía conmigo sin saber. Creo que nadie sabe de dónde viene la vocación, cuando tiene esa fuerza y esa presencia ineludibles que copa nuestra persona. Es milagroso; la vocación es inexplicable e inevitable”.

Empezó su formación con catorce años en la Universidad Nacional de Cuyo. Allí aprendió el oficio de grandes maestros como Sergio Sergi, Lorenzo Domínguez y Francisco Bernareggi. En 1953 una exposición en la Galería Viau de Buenos Aires le permitió reunir los fondos para viajar por primera vez a Europa y mostrar sus obras en París y Madrid.

Con el paso del tiempo y las experiencias reunidas, el pintor hizo del lienzo un territorio de resistencia, memoria y denuncia. Tuvo la capacidad de conmoverse con el dolor ajeno y de usar el propio como motor. Los viajes a Tucumán y Santiago del Estero, en los años cincuenta, transformaron su lenguaje. “Volví al país y fui a estudiar con Lino Spilimbergo un año a Tucumán. Después me fui un año a Santiago del Estero. Ahí descubrí niños con hambre; niños con los vientres hinchados de hambre. Descubrí la miseria, y las dificultades para sobrevivir. En algún sentido, todo eso me cambió completamente el lenguaje”, recordó años después.

Sin pan y sin trabajo (1966).

Durante más de siete décadas de trayectoria, construyó una poética visual testigo de las bellezas y miserias más profundas que ocurrieron entre los vaivenes de los siglos XX y XXI. Las desigualdades, la violencia, los conflictos políticos y sociales, la pobreza y la literatura atravesaron su producción. “Creo que un artista tiene un grado de responsabilidad con la comunidad a la que pertenece”, decía.

Desde su Mendoza natal, entre los años cincuenta y sesenta, fue parte de una comunidad de artistas que cruzó la literatura, el folklore y las artes visuales. Don Quijote, La divina comedia, El matadero y el Martín Fierro son algunos de los clásicos de la literatura universal y argentina que plasmó en ilustraciones. Allí también estableció un vínculo con Mercedes Sosa, quien en 1966 usó como portada de Yo no canto por cantar un retrato del artista mendocino. “Alonso pinta como se canta un poema de protesta en medio de la noche: con la voz rasgada pero sin aflojar jamás. Sus cuadros son la voz de los que no están y el abrazo que nos consuela a todos”, lo describió la cantora.

Autoretrato del artista mendocino.

Un antes y un después

Los años de plomo marcaron sus pinturas. El 26 de abril de 1976, un mes después del inicio del golpe militar, inauguró en Buenos Aires la muestra “El ganado y lo perdido”, compuesta de obras que hizo desde 1972. Allí anticipaba el horror que más tarde ocurriría.

Ese mismo año trabajó en la instalación de “Manos anónimas” como parte de la muestra “Imagen del hombre actual”. Eran figuras hiperrealistas de cartapesta que mostraban humanos y reses, un conjunto de personajes metafóricos que simbolizaban a los perpetradores del horror. La exposición fue suspendida por el Museo Nacional de Bellas Artes antes de presentarse. Por temor, se exilió en Italia. Un año más tarde, el 30 de julio de 1977, su hija Paloma fue secuestrada en Buenos Aires y desaparecida por la dictadura militar. 

El desgarro por la irreparable pérdida marcó un antes y un después en su historia personal y, como consecuencia, también en su producción artística. Por un tiempo se alejó del arte. Sin embargo, pronto retomó el trabajo.

Tras regresar del exilio e instalarse en Unquillo, en 1981 comenzó a trabajar en la serie Manos anónimas. La obra censurada, que terminó deteriorándose por el paso del tiempo, se transformó en una serie pictórica que hoy constituye un hito de la memoria colectiva. 

“(…) De alguna manera a partir de ahí me propuse trabajar sobre esa temática y acompañar con mis cuadros a la memoria. Después de una parálisis de seis años pude empezar a hacer los primeros dibujos de “Manos Anónimas”, y terminó siendo una serie de trabajos que afortunadamente están colgados en el Museo Evita – Palacio Ferreyra de Córdoba. O sea que encontraron su mejor destino: pasaron de un cajón del estudio a manos de la comunidad, y sobre todo del bien común y de la memoria”, contó en una entrevista el maestro del dibujo y el color.

Alonso hace dialogar el pesar propio y la tragedia social en un conjunto de obras compuesto por 33 dibujos, distintos materiales y pasteles al óleo que funcionan como testimonio visual del dolor provocado por el accionar del terrorismo de Estado. 

Su arte no buscaba “decorar”. El artista pintó la realidad que le tocó vivir para, de alguna manera, poder sobrellevarla. Con sus trazos dio testimonio de lo ocurrido en los años más oscuros de la historia nacional para evitar el olvido y mantener viva la memoria. 

“El arte me salvó la vida. Yo no sé cómo estoy vivo, honestamente, porque no sé cómo se puede soportar el dolor de perder un hijo así. No se puede soportar, no hay nada. No se puede curar jamás. Finalmente también me salvó mi hija porque me dejó la capacidad para tocar ese tema sin destruirme”, dice el cartel que acompaña una de las obras que se puede visitar en la muestra permanente del Museo Evita-Palacio Ferreyra.

Córdoba conserva una parte fundamental de su legado. Además de Manos anónimas, el propio artista donó otras 16 obras que conforman un acervo invaluable para el Palacio Ferreyra. El actual director, Pancho Marchiaro, dijo a Cadena 3 que la partida de Carlos es la de “uno de los últimos grandes maestros que conectó un legado con la actualidad”. 

“Esta triste noticia, porque no hay otro como Alonso en Argentina, nos tiene que invitar a los argentinos a pensar en el patrimonio cultural y artístico que tenemos. Lo vamos a echar de menos, pero lo vamos a seguir viendo, señaló Marchiaro.

Un legado que continuará

En Unquillo el pintor encontró el lugar desde donde continuar construyendo una obra que nunca dejó de dialogar con el tiempo y la sociedad. La edad no significó para él el abandono del oficio: hasta sus últimos años mantuvo el vínculo cotidiano con el dibujo y la pintura.

“Me pasa una cosa curiosa: me acuerdo de todo. Los trabajos tienen una especie de sello; es muy difícil que me equivoque. Cuando me presentan un cuadro falso enseguida me doy cuenta que es un cuadro copiado, que no es mío. Hay una cierta coherencia entre los primeros trabajos y los últimos, dijo hace siete años. Y agregó: “creo que aquella idea inicial de vincular el arte con la sociedad y lo personal con lo comunitario me signó como autor, y creo que esa es mi personalidad”.

En los últimos años siguió exponiendo. En 2019 participó de la restauración de la instalación original de Manos anónimas. A partir de una foto, el Museo Nacional de Bellas Artes -donde parte de su obra está expuesta- tuvo la intención de recuperarla. Finalmente, la reconstrucción de la instalación ocupó el lugar central de “Pintura y Memoria”, una gran muestra retrospectiva que permitió revisar su trayectoria artística.

En 2024, el Museo de Arte Contemporáneo Unquillo presentó El retrato. La exposición contó con 80 obras seleccionadas por el propio artista.

A los 97 años, Carlos Alonso deja un legado y una obra extensa que no termina con él. Seguirá vigente y estará presente cada vez que alguien se encuentre frente a una de sus obras.

El gran maestro perdurará en la memoria porque hizo de la pintura una forma de mirar, registrar y preservar la realidad.

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