Cultura

Los secretos de vestir el teatro y la danza

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Detrás de las bambalinas se gesta la magia. Lo que ocurre arriba del escenario es resultado de un complejo engranaje, donde cada pieza se pone en marcha para deslumbrar a quien se dispone a ver una obra. El vestuario es una pieza clave en este universo. Es un lenguaje que, puntada a puntada, transmite emociones, historias e identidades. Entre hilos, agujas, telas y algún que otro boceto, la diseñadora de vestuario para teatro y danza, Ana Carolina Figueroa, se dispone a charlar sobre su trabajo, que se reparte entre la sección de vestuario femenino del Teatro del Libertador San Martín y su taller independiente.

Hay un extenso camino a desandar para llegar a la primera puntada de la historia. La máquina de coser de su abuela fue, a los seis años, la entrada a un mundo que se convirtió rápidamente en un pasatiempo. Oriunda de Río Cuarto, al terminar el secundario Carolina se mudó a la capital provincial para estudiar diseño gráfico, una carrera que le fascinó por la posibilidad de crear y diseñar. En ese entonces, y hasta dos años después, el diseño de indumentaria no había sido una opción académica.

En paralelo al diseño gráfico, y casi por instinto, estudió diseño de indumentaria para profesionalizar el hobby que había nacido en la casa de su abuela y que había crecido junto a ella. “Arranqué haciendo ropa, después me especialicé en vestidos y al último me dedicaba a hacer vestidos de novia porque veía que tenían algo totalmente diferente que el resto de la ropa”, comentó Figueroa sobre el momento en el que la costura se fusionó con el diseño y su pasatiempo se convirtió en una fuente de trabajo.

En la historia, que Carolina recuerda cronológicamente, hay un punto de inflexión. “Un día fui a conocer el Teatro San Martín y fue una sensación de querer y necesitar estar en ese espacio. Empecé a ir a ver obras en el teatro y había algo que me llamaba la atención y que me hacía ruido”, comentó la diseñadora. 

La puerta de entrada de Carolina al Teatro del Libertador se dio, como ella lo define, por “casualidades de la vida”. Allí ingresó como personal de sala, una labor no emparejada con su profesión, pero que le permitió zambullirse en el mundo del teatro.

Los dos años como personal de sala fueron, para la diseñadora, un periodo de intensa búsqueda personal. En lugar de quedarse quieta, aprovechó el tiempo para formarse de manera autodidacta en el diseño de vestuario. La vocación ya jugaba un papel central: movió su curiosidad, la impulsó a investigar y eso la llevó a conseguir becas de estudio dentro del país -en el Teatro Colón y el Teatro Argentino de La Plata- y en el exterior -Museo del Traje de Madrid-. “Ahí fue que se me abrió la cabeza, el vivir esas experiencias y sumergirme en ese mundo me fascinó”, dice mientras revive con gozo esos años de aprendizaje.

 

Cada vestuario, una combinación de paciencia y precisión.

 

Los secretos de un oficio

Además de la investigación autodidacta, el diseño de vestuario requiere de conocer y dominar los secretos mejor guardados de la profesión. El nutrirse de quienes forman o formaron parte del engranaje del teatro es imprescindible. 

– Te empezaste a instruir en el diseño de vestuario cuando eras personal de sala del Teatro San Martín, ¿cómo llegas al área de vestuario?

– Yo renuncié al teatro cuando me fui de viaje con una beca. Cuando llegué a Córdoba necesitaba trabajar y fui a pedir trabajo al teatro. En el que era mi puesto, personal de sala, ya no había vacantes, pero por esas casualidades de la vida se había jubilado personal en la sección de vestuario. Fue en ese tiempo que entré al teatro como personal de vestuario femenino y desde hace 21 años estoy ahí.

– ¿Cuánto se aprende del oficio dentro del teatro?

– Fue valioso porque cuando entré quedaba personal de otras generaciones y pude adquirir los conocimientos propios del oficio. Pero después, cuando ellos se fueron, fue un desafío aprender por mis propios medios lo que acá no se hacía. Que no era falta de capacidad o no saber, no se hacían porque faltaba tiempo, entonces esos conocimientos se fueron perdiendo al no aplicarlos. Después hay secretos del oficio que se aprenden haciendo y es la propia gente que te los va compartiendo.

– ¿Recordás cuál fue el primer vestuario para teatro que hiciste?

– Mis primeras puestas en escena son de los vestuarios para Ulrico Euguizábal (actor y bailarín). Mi pareja es diseñador y él siempre trataba de hacerle los vestuarios a él, porque es un amigo. Ahí es donde yo me sumo y hago mis primeras puestas en danza-teatro.

 

 

Cada vestuario ocupa un lugar especial en el recuerdo de Figueroa. No hay uno más importante que otro. Sin embargo, si se trata de desafíos, el vestuario del ballet de Don Quijote salta en su memoria rá58amente. “Fue como el primer gran desafío porque hacía años que acá en el San Martín no se hacía un vestuario de esas características de cero. Lo recuerdo porque fueron muchas horas, en el teatro y en mi casa. No paraba de confeccionar y crear, el tiempo de trabajo en el teatro no alcanzaba para hacer lo que yo quería que se viera en el escenario”, relató Carolina.

Las bases del oficio, los secretos de la realización, no han variado con la inclusión de la tecnología. Además de ellos, la diseñadora considera clave el trabajo de investigación autodidacta que siempre realizó. Dentro del teatro, el vestuario para el ballet fue otro desafío que la apasionó. Entender el mundo de la danza, sus argumentos y cómo el vestuario debe acompañar el cuerpo en movimiento fueron la clave para aprender a diseñar y materializar los tutús

 

 

“Yo traía toda la investigación sobre cómo hacer un tutú, hasta que un día una madre de una de las chicas del Seminario de Danzas me encargó uno. Así arranqué a confeccionarlos, para integrantes del seminario, y no frené más”, cuenta una de las poseedoras de los secretos para hacer el mejor tutú.

 

El pulso del trabajo artesanal

El ritmo de la ciudad de Córdoba, acelerado y ruidoso, se detiene dentro del taller. Allí, el tiempo va a otro ritmo, diferente al cotidiano.

– El diseño de vestuario es un trabajo artesanal, ¿se mide por el tiempo?

– En mi experiencia, no se puede hablar de tiempos. En el teatro hay un tiempo de producción y materialización del trabajo, que a veces alcanza y otras veces no, pero son tiempos administrativos. Y después, en mi taller particular, que trabajo para el teatro independiente, son otros tiempos.

 

El lugar donde cada vestuario se hace realidad.

 

El tiempo dentro de su taller, dedicado a su marca, es, según definió “el tiempo de darlo todo”. “Para mí es un cable a tierra mi trabajo. Algunas veces pienso ‘estoy cansada, no quiero hacer esto’, pero me siento a hacerlo y realmente lo disfruto”, expresó Carolina, quién disfruta en mayor medida cuando puede ser parte del diseño del vestuario. Y agregó: “Mi taller tiene todo el tiempo del mundo, todas mis horas de sueño están ahí. Además son mis diseños, entonces me fijo hasta el más mínimo detalle”.

– ¿Cuánto sustenta la pasión el esfuerzo que se hace para llegar a tiempo con cada prenda?

– Mi trabajo es pasión absoluta. Es lo que me motiva e impulsa todos los días. Me encanta lo que hago.

Cuando se habla de pasiones, a menudo se habla de sueños que se persiguen. De pasos y puntadas que conducen a nuevos lugares. Para Carolina Figueroa cada camino que se abrió en su carrera, cada mundo que descubrió, forman parte de un “seguir creciendo” constante.

“Actualmente trabajo con mi marido (vestuarista), quién me hizo conocer el teatro, y creo que el encontrar un alma gemela hace más fácil el trabajo, que sea más creativo y llevadero. Sueño con seguir creciendo y que eso me lleve a espacios más grandes, pero en mi día a día tengo mi espacio construido. Sigo creciendo, este mundo es grande y, por suerte, son muchos quienes necesitan del diseño de vestuario, así que acá estamos para suplir esas necesidades”, concluyó la diseñadora de vestuario para teatro y danza.

 

Fotos: Gentileza Carolina Figueroa | Billy Petrone

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