Cultura
Paula Gastaldi: “Desregular el precio del libro es monopolizar la producción cultural”
Los libros son el futuro. Son la herramienta sobre la cual una sociedad se desarrolla. Permiten transmitir conocimientos de generación en generación, preservar la memoria histórica y fortalecer la identidad cultural. Pero para que cumplan su función se necesita de bibliodiversidad y un entramado de librerías, editoriales y escritores que, amparados por normativas, garanticen la pluralidad.
La protección de la actividad librera y el reconocimiento de la centralidad de los libros en la cultura son consensos que hoy peligran. El Gobierno de Javier Milei, a través del ministro Federico Sturzenegger, impulsa la derogación de la Ley 25.542 de Defensa de la Actividad Librera y la modificación de artículos de la Ley 25.446 de Fomento del Libro y la Lectura. Es el segundo intento en poco más de dos años.
Autores, editores, librerías y editoriales manifestaron un contundente rechazo a la iniciativa del Poder Ejecutivo. Advierten que la eliminación de estas leyes afectaría especialmente a los actores más pequeños de la cadena del libro y favorecería la concentración del mercado.
“En la primera versión de la Ley Bases ya estaba el germen de la desregulación del mercado a través de la eliminación de estas dos leyes. Esto impactaría en el control sobre el precio del libro y repercute en el sector, sobre todo independiente, de la producción”, dice Paula Gastaldi, directora de Triángulo, una editorial que desde hace año y medio forma parte del circuito independiente cordobés.
La Ley 25.542, popularmente conocida como “Ley del Libro”, establece que los editores o importadores son los encargados de fijar un Precio Uniforme de Venta al Público. En la práctica, esto significa que un mismo libro debe tener el mismo precio en todas las librerías del país. El objetivo es evitar que la competencia se base exclusivamente en el valor y garantizar la convivencia de librerías pequeñas, medianas y grandes.
Para Paula, el objetivo de la iniciativa es claro: generar “el terreno fértil al monopolio de la producción cultural del libro”. Señala que en un contexto donde quienes tienen mejores condiciones productivas pueden controlar los precios, dejar el mercado a la deriva significa, para quienes editan a pequeña y mediana escala, “la imposibilidad absoluta de competir”.
La derogación de esta ley también entra en tensión con la Ley 25.446, que reconoce al libro “como instrumentos indispensables para el enriquecimiento y transmisión de la cultura” y promueve el acceso igualitario a la lectura en todo el territorio nacional. Por esto también buscan modificarla.
Uno de los argumentos oficiales para avanzar con estas desregulaciones es la reducción de regulaciones estatales y de los costos asociados a ellas. Sin embargo, desde el sector editorial advierten que este razonamiento no es válido en este caso, ya que la legislación vigente no se traduce en un gasto para el Estado.
– Tiene que ver con su intención de llevar las lógicas del libre mercado a todas las cadenas productivas. El querer desregular el precio del libro no beneficia la competencia, lo que hace es monopolizar la producción cultural. Y eso sería un problema en términos de democracia e igualdad de producción y opinión pública.
– Y en el plano de la cultura, ¿qué implica la derogación y modificación de estas leyes?
– Básicamente es el entender a la cultura desde una visión reduccionista, de mercado. Lo que justamente buscan evitar las leyes vigentes. Además de desconocer la multiplicidad de variables que hacen a la producción cultural.
Construir en comunidad
Las leyes que buscan derogarse propician un ecosistema que posibilita la diversidad editorial. Es decir, permite que pequeñas editoriales y sellos independientes editen y distribuyan libros y obras literarias que aportan a la cultura. De eso se trata la bibliodiversidad, de que nuevas ideas, géneros, temáticas y opiniones tengan un espacio y contribuyan a la polifonía.
Ese entramado no es una idea abstracta. Se materializa en proyectos editoriales que encuentran en la cooperación una forma de producir y hacer circular libros. Triángulo Editorial es uno de esos casos.
Desde su creación, hace un año y medio, el proyecto entiende la literatura como un bien común. Es una concepción que atraviesa toda su forma de trabajo: construye alianzas con imprentas, librerías, autores y otras editoriales independientes para sostener su trabajo.
“Nuestros principales aliados son los lectores que compran las preventas, pero los catálogos que creamos son fomentados principalmente por las librerías. Sin ellas no tendríamos fuerza de divulgación. Después una vez al mes hay una unión de editoriales independientes que hacen una feria itinerante (Feria Refugio) y es el otro circuito que consideramos clave para que el libro encuentre su lector”, cuenta la directora de Triángulo.
La editorial cordobesa ya publicó 18 libros y este mes inauguró dos nuevas colecciones. Los títulos son distribuidos en librerías “amigas” de Córdoba y mantienen alianzas con dos librerías de Buenos Aires.
“Cada libro se produce en una cadena donde todos empujamos para que pueda aparecer, siempre pasan cosas maravillosas con los imprenteros y librerías”, explica Gastaldi.
El modelo cooperativo define su ritmo de trabajo. Triángulo publica un libro por mes y transforma cada presentación en una puesta en escena que combina literatura con otras expresiones artísticas. «Un libro sostiene al siguiente. No tenemos reserva: a este libro le tiene que ir bien para que podamos producir el próximo. Entonces apostamos a que no sea una presentación tradicional, sino que sea una puesta en escena o teatralización«, explica la escritora y editora.
Detrás de cada publicación trabaja un equipo de siete personas que aportan su arte y oficio al proceso editorial. El libro, señala Gastaldi, es el bien común que resulta de la unión de esas voluntades.
Este modelo de trabajo es, justamente, el que el sector teme que quede en riesgo si se modifica el marco legal que regula la actividad editorial.
Mucho más que un libro
La ley del precio único funciona como columna vertebral del sistema en el que conviven diversos actores. Para quienes integran el sector, lo que está en juego no es solo el valor de los libros, sino la posibilidad de sostener una producción cultural diversa y federal.
“Atacar el libro es atacar un medio de producción cultural que hemos construido durante años”, dice Paula. Para la editora, el libro no es solamente un objeto, sino que tiene una territorialidad, circula a través de una red de librerías, editoriales y lectores y cada vez que se abre y se lee convoca al encuentro y al debate.
La editora rechaza la idea de que el libro sea un objeto del pasado frente a un presente digitalizado. Por el contrario, cree que conserva un lugar central en la vida cultural, aunque advierte que para sostenerlo es necesario proteger las condiciones materiales que hacen posible editar, imprimir y distribuir nuevas obras.
– El libro va a tener cada vez más fuerza. Lo que hay que defender es su fuerza productiva y su sustentabilidad para que podamos seguir haciéndolo. Si no, la producción va a quedar en manos de unos pocos. Y la literatura necesita siempre pluralidad y pensamiento crítico para seguir creciendo.








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